94 Páginas -
P.V.P.: 8 euros
Pretendo poner a la derecha liberal a la ofensiva
después de dos décadas de sesteo intelectual.
Es un libro clave en la línea de la rebelión
cívica que ya propugné y teoricé en el último capítulo de 'ZP en el país
de las maravillas'.
El libro es breve y sintético, para favorecer la
estrategia de combate intelectual, y se vende a 8 euros.
La distribuidora es SGEL, que tiene cobertura
nacional por lo que puede solicitarse en cualquier librería, gran superficie e
incluso quiosco, indicando que se puede solicitar a la citada distribuidora, que
es una de las dos de mayor penetración en el mercado.
Un muy cordial saludo. Enrique de Diego
CHANTAJE Y LASTRE DE LA SOCIALDEMOCRACIA
El proceso que va desde el intento de exterminio a la depredación
sistemática de las clases medias se inicia tras la segunda guerra mundial.
Mezcla de chantaje mediante la amenaza comunista y de hábil coartada moral
manteniendo la especie de la intrínseca injusticia de la fórmula de
liberalización económica denominada capitalismo. El socialismo, que nunca
antes había sido democrático, salvo como posibilismo, se ofreció como
legitimador ante al riesgo totalitario. Frente a las democracias populares,
había de marcharse por la senda de las democracias sociales o
socialdemocracias; frente a la depredación y el genocidio, la expoliación. Era
preciso administrar dosis elevadas de intervencionismo, de coacción estatal, de
violencia legal desde las instancias administrativas, penalizando la iniciativa
y haciendo gravoso el ejercicio de la responsabilidad. Había que mantener, para
ello, a las clases medias amedrentadas. Frente a la evidencia, de los beneficios
de la libre iniciativa, el socialismo se aprestó a sostener de continuo la
ética superior del intervencionismo sobre la iniciativa personal, dañada de
raíz por el afán de lucro, haciendo pervivir la vieja acusación comunista. El
capitalismo era eficaz pero injusto o, como se ha repetido hasta la saciedad,
era capaz de generar riqueza pero no de redistribuirla. El socialismo sostenía,
de esa forma, una curiosa dicotomía, una absurda antinomia entre ética y
eficacia, como si fuera posible una ética ineficiente, como si provocar miseria
-es lo que han hecho siempre- fuera moral. Las clases medias siempre han partido
con un hándicap. No han tenido tiempo para disquisiciones retóricas. Se han
dedicado a resolver problemas, no a crearlos. Han estado siempre demasiado
ocupadas en trabajar, en sacar adelante sus familias, sus profesiones, sus
negocios y sus sociedades. Al tiempo, han respetado las buenas intenciones de
sus críticos. Han dado por supuestas, aunque no las entendieran, ni
compartieran, sus proclamadas altas motivaciones, siempre erigiéndose en
representantes y portavoces de los trabajadores, de los desheredados, de los
pobres. La proverbial ingenuidad de las clases medias les ha hecho incapaces de
sospechar que se trataba, lisa y llanamente, de vivir a su costa, de
parasitarlas. Como ellos nunca han querido explotar a los demás, les ha
parecido inconcebible que quisieran explotarles a ellos y, mucho menos, que para
ello pudiera utilizarse la moral como subterfugio. Además, los miembros de las
clases medias, partidarios de la racionalidad y la ilustración, tendieron a
respetar ese discurso hegemónico que, desde la catedocracia se aventaba de
continuo, con el que se les acusaba de la responsabilidad de cuantos males
sucedían en el mundo y de cuantas injusticias quedaban sin resolver. Al fin y
al cabo, la idea más cara a la izquierda, la más originaria es que el burgués
es, por definición asesinable, e incluso que el homicidio en masa formaba parte
del sentido de la historia. Ahora los socialistas estaban dispuestos a
acomodarse y a revestirse con los ropajes del perdonavidas. El socialismo
adquirió, de esa forma, las características de un peaje, una especie de
indulgencia laica para, mediante la intervención estatal, tranquilizar las
inquietas conciencias de las clases medias, cuyo afán de lucro continuaba
siendo, por de pronto, un pecado original, en el que recaían de continuo. El
comunismo se mantenía, además, como el fantasma amenazante. Las democracias se
infectaron de intervencionismo, de comunismo, como un salvoconducto. La libertad
se trocó en concesión del Estado. La depredación se legalizó y se
sistematizó. Leviatán creció sin tregua respetando los ritos democráticos,
alimentándose de un humus de complejos de culpa esotéricos. Fueron
nacionalizados sectores enteros fagocitados bajo el apelativo de estratégicos.
La socialdemocracia se ofrecía como bálsamo, mas nunca abandonaba la nostalgia
de la sentencia de muerte universal, para evitar que se apagaran las brasas del
síndrome de Estocolmo colectivo. Cada partido mantenía, en los archivos, su
programa máximo y en los congresos no dejaban de escucharse los sones de La
Internacional a cuyos acordes se había conducido a las fosas comunes a los
emprendedores miembros de las clases medias. De cuando en cuando, se
nacionalizaba algún sector, incluso el crédito, para que no se olvidara que la
propiedad privada era un mal, menor, necesario, pero mal al fin y al cabo, causa
última de toda injusticia. No hubo aspecto del programa comunista que dejara de
ponerse en práctica: los impuestos se tornaron progresivos, penalizando el
esfuerzo y desincentivando el trabajo, las fauces de Leviatán se cebaron en las
herencias, castigando a los amorosos de sus vástagos y a los menos
dilapidadores, se extendió el sector estatal en las industrias y se incidió en
ese error, a pesar de sus inmediatos déficits, se estatalizó la enseñanza
para inculcar en el alma de los niños la adoración al Estado y la
legitimación del hurto organizado. La democracia devino en prebendaria. Cada
vez más gente pasó a depender del Estado y a participar en la expoliación de
las clases medias. El viejo caciquismo fue perfeccionado. Y mientras aquél
podía haber sido tenido, sin duda, por indigno, mas justificado como forma
voluntaria de redistribución de la riqueza, el nuevo pasó a hacerse a gran
escala con dinero público; es decir, mediante la expoliación, utilizando ésta
contra sus víctimas. Los programas de los partidos -sobre todo los denominados
de izquierdas- se convirtieron en ofertas de depredación de unos sectores en
beneficio de otros; en fórmulas, cada vez más laxas, de clientelismo y en un
botín cada vez más amplio mediante una depredación fiscal cada vez más
sistemática. El Estado se convirtió en el impulsor de la envidia y en el
administrador del resentimiento. Quien menos trabajaba, más era protegido y
mimado por el Estado. La socialdemocracia, mero lastre, retardatario del
progreso, llegó a instalarse como un consenso del que participaron los partidos
conservadores, con su lejano resentimiento aristocrático hacia las clases
medias. El esquema precisaba que el comunismo funcionará y, simplemente, no
funcionó. El comunismo había depredado los recursos naturales y había llevado
el esquema parasitario a sus últimas consecuencias, a su reducción al absurdo:
una nomenklatura, una exigua minoría pretendía, mediante el ejercicio de la
represión, vivir del trabajo de la inmensa mayoría. Cuando la casta dominante,
que había puesto en práctica niveles de explotación del hombre por el hombre
antes nunca inventados, vio en riesgo su propia supervivencia, el sistema,
herrumbroso e instalado en la mentira, quebró. Fue un cataclismo interno, una
consunción. Lo fue también para la socialdemocracia, pues la privó de su
mejor argumento. ¿Qué hacer? La parasitaria socialdemocracia se aprestó a
defender sus cuarteles de invierno. Durante un tiempo deambuló angustiada por
el escenario. Contaba a su favor que las víctimas se habían acostumbrado al
expolio. Las castas, a sus privilegios. Vivir a costa de los otros se había
convertido en un estilo: hurtar, mediante subterfugios legales, el dinero de los
demás, eso es la izquierda y el progresismo. Tan perverso afán de lucro había
ido adquiriendo la pulsión compulsiva de la fiebre del oro.
MANOS MUERTAS: LAS ÉLITES DE LA DEPREDACIÓN
En términos intelectuales, el socialismo murió el 10 de noviembre de 1989
con la caída del Muro de Berlín. Es un decaimiento, una idea muerta. Sin
embargo, el socialismo como sistema de depredación de las clases medias, como
legitimación del hurto legal, nunca ha estado más pujante. Había demasiados
intereses creados para levantar acta de defunción. Sin duda, tras la caída del
Muro de Berlín, el socialismo no podía reclamar la defensa de los
trabajadores. Por una razón bien sencilla: el experimento comunista -referencia
última- había sido lesivo para ellos. La depredación había sido allí
absoluta e inexistentes los beneficios. Además, las empresas estatales se
habían convertido en un mal ejemplo de gigantismo, mala gestión y baja
productividad. Sin el argumento del chantaje comunista, ese clientelismo devino
en lastre. No había ni una sola empresa del Estado que pudiera ser presentada
como modelo. Las pérdidas eran cuantiosas; los balances, impresentables. La
izquierda recurrió a las élites de la depredación, a los burócratas del
pensamiento. Debían mantener a raya a las clases medias para evitar su
rebelión. Reelaborar el discurso justificativo de la expoliación. Las clases
medias siempre habían sentido un respeto reverencial a la educación. Dar la
mejor de las educaciones a sus vástagos siempre ha sido uno de sus objetivos.
Han creído en la enseñanza como elemento liberador y han concedido a los
docentes -erradicados los maestros- la autoridad de líderes morales. La
degradación de la enseñanza por su estatalización es, con mucho, el peor de
los males que aquejan a la civilización occidental, hasta amenazar su
existencia. Los males de cualquier empresa estatal se dan multiplicados en las
educativas: bajo rendimiento, falta de estímulo, altos costes, despilfarro y
abrumadora endogamia. Ésta no es un efecto perverso del sistema, sino su
núcleo duro, su estricta lógica. Las manos muertas de la docencia se
aprestaron, con pasión nacida del instinto de supervivencia, a levantar
impenetrables cortinas de humo sobre su miseria y a intensificar las dudas
metódicas sobre la injusticia del modelo liberalizador. Les resultó fácil,
pues, de hecho, habían sido el reducto más entusiasta del marxismo-leninismo y
atesoraban un amplio caudal de odio hacia las clases medias. No permitieron a
éstas un momento de respiro, ni un instante de descanso para saborear su
triunfo. Los miembros de clases medias occidentales eran antes los opresores de
unos hipotéticos trabajadores, que, en la práctica, se habían mostrado gentes
sensatas, dispuestas a progresar. Ahora pasaban a ser, al margen de toda
lógica, por la mera repetición de groseras mentiras, los culpables de toda la
injusticia y la miseria del mundo, mucha de ella debida a los inhumanos
experimentos socialistas, y siempre a la ausencia de propiedad privada, libertad
económica y política, ética del trabajo y seguridad jurídica. ¡A la falta
de clases medias y condiciones para que surgan! El cadavérico socialismo,
vampirizador de las laboriosas clases medias, introdujo en la rapiña a artistas
y cineastas, quienes encontraron halagador que se les tuviera en cuenta, a
cambio de suculentas prebendas en la tarta presupuestaria. El hurto legal
produce convulsiones febriles y alaridos bestiales. Artistas y cineastas se
tornaron los más histéricos propagandistas. La tercera pata de este nuevo
soviet chic pasaron a ser los periodistas. Si la mentira domina el mundo es
gracias a los medios de comunicación. Por de pronto, en cuanto gremio no iban a
oponerse a sus pares, con los que conviven, con los que se codean, de los que
reclaman entrevistas, opiniones y colaboraciones. No se circula por los salones
sin aceptar cierto nivel de impostura y una dosis adecuada de estupidez, que
haga tolerable la interiorización de las consignas del día, siempre
presentadas bajo la patente de un vacuo progresismo. Para cerrar el círculo,
los poderes estatales introdujeron a los medios de comunicación en un esquema
mercantilista, por el que la relación con lectores, oyentes y espectadores no
sólo ha pasado a segundo plano, ha devenido en mera coartada para las oscuras
negociaciones con los políticos profesionales, quienes se han dotado de la
capacidad de conceder prebendas multimillonarias en forma de licencias.
LA LIBERTAD PENALIZADA
Cuando las clases medias quieren decidir libremente los aspectos
fundamentales de su vida se topan con onerosos aranceles, con abusivas
expoliaciones intervencionistas, que convierten a la libertad en formal y a la
responsabilidad, en lujo y privilegio de las élites. A la tupida colección de
impuestos indirectos, por la que el devenir humano se convierte en un ímprobo
esfuerzo, se suman los directos, confiscatorios y expoliadores. Si el miembro de
las clases medias no está dispuesto a contratar con el Estado como único
proveedor, porque considera su oferta ineficiente, éste le disuade con cargas
abusivas mediante las cuales se ve forzado a pagar bien cara -en el sentido más
literal- su decisión y su osadía. Si decide elegir un colegio privado para sus
vástagos, ha de pagar la factura del centro y el puesto escolar que no desea.
Si, por ansiar lo mejor para los suyos, contrata con un seguro sanitario
privado, también se le obliga a sufragar el sistema estatal que rechaza. Ni tan
siquiera se le exige su aportación a un fondo 'solidario' -por utilizar uno de
los términos cajón de sastre preferidos por defensores y beneficiarios del
hurto legal- sino, de hecho, la contratación obligatoria con el Estado, aunque
no desee sus servicios. El Estado democrático hoy actúa aquí con la pasión
ciega coercitiva que el Estado soviético. Cierto que tolera la libertad, mas
haciendo su ejercicio tan gravoso que la confiscación resulta intimidatoria y
altamente disuasoria. La libertad de elegir resta privilegio de adinerados y
sacrificio -a veces inalcanzable- para las clases medias. Estas, caracterizadas
por la laboriosidad y la ética del trabajo, hacen de la responsabilidad -sin la
que la libertad es fuego de artificio- su norma de vida. Puesto que consideran
la educación el mejor legado a sus hijos tienden a buscar la mejor para ellos.
Son capaces de privarse de cualquier otra cosa, en aras a ese objetivo, en
cualesquiera de las etapas educativas, incluida la enseñanza superior. Tal
conducta es penalizada. La enseñanza estatal es obligatoria pues a todos toca
sufragarla. El intervencionismo se fundamenta en la mentira y en la propaganda.
Por doquier insiste en que la educación es gratuita, como si no costara y fuera
donación generosa de los poderes estatales. La que se empeña en promover y
administrar el Estado, fuera de sus funciones y abusando de su monopolio de la
violencia, es extremadamente cara y deficiente. Nada más lejos de la gratuidad.
El mismo término en sí es una estafa moral. Todo se paga a través de los
impuestos. Bajo el acicate de la responsabilidad, las clases medias buscan
también la mejor cobertura sanitaria para sus hijos. De nuevo el Estado, al
servicio de los parásitos fiscales, miente y proclama que la sanidad estatal es
universal y gratuita. Universal, desde luego, porque a todos toca pagarla, mas
es extremadamente cara y deficiente, deteriorada por los males -falta de
incentivos y despilfarro- de la burocratización, tan inadecuada para ámbitos
que precisan altas dosis de dinamismo y competencia vocacional. La crisis
demográfica tiene una de sus causas en esta penalización de la
responsabilidad. Cuanto mayor es la intervención del Estado, más cae la
natalidad. Aunque con frecuencia se achaca al egoísmo, el descenso de la
natalidad se debe a la generosidad. Los hijos en las sociedades urbanas no son
mano de obra barata, como lo eran, muchas veces, en las atrasadas sociedades
rurales, donde constituían el seguro para la vejez de sus padres. No se
conforman las familias con cualquier cosa, sino que quieren el mejor colegio y
la mejor cobertura sanitaria, sufragan, además, actividades complementarias en
idiomas y deportes. Gustan, además, de que, dentro de su formación, viajen. El
Estado, con sus dobles imposiciones, encarece el valor hijo. Los padres
observan, muchas veces con dolor, que no podrán dar lo mejor para sus
vástagos, que el incremento de la prole hará mayor la expoliación, que ni tan
siquiera podrán ofrecer a sus retoños lo que consideran justo y adecuado para
su porvenir, que una progenie numerosa llevará al empobrecimiento de la familia
y no dejará otra salida que poner en manos del Estado su educación y su
sanidad. De manera especial, se resisten a entregar las almas de sus hijos al
Estado. No sólo porque éste es torpe gestor y mal instructor. Su resistencia
lo es por apego a la libertad y por rechazo al totalitarismo. La enseñanza
estatal es totalitaria en un doble sentido. Porque pretende el monopolio,
nacionalizando el sector. Y porque inculca en sus educandos la adoración al
Estado, el respeto amoroso a las castas parasitarias y el odio de las clases
medias. Tras la caída del Muro de Berlín, bajo el impulso de las nuevas
coartadas morales, la enseñanza estatal -falazmente presentada como pública-
no ha hecho otra cosa que expandirse y asfixiar a las iniciativas privadas, con
el objetivo de crear la escuela única, según la autoritaria propuesta
comunista, devenida en pesadilla en la prolongada ingeniería social soviética.
De ese expansivo monopolio, en sector tan sensible para la libertad política,
se han derivado otros en los medios de comunicación, basados en el intervenido
mercado -proclive a la información privilegiada y el tráfico de influencias-
de los libros de texto. Además, en ellos y en la enseñanza parasoviética se
promueve el odio a las clases medias y a sus valores. Se denigra el valor de la
libertad. Se identifica libertad de empresa con opresión. Se presenta a
Occidente como el causante de todos los males del planeta, y especialmente del
llamado tercer mundo. Con frecuencia, se discrimina a los alumnos por su lengua
materna o se les pretende convertir en nacionalistas excluyentes. Se ensalza a
quienes, en el pasado, propugnaron el exterminio de las clases medias y a
cuantos intentaron imponer la coacción estatal a sus semejantes