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El Manifiesto de las Clases Medias |
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Imágenes de la Presentación en Web Minuto Digital
Intervención de Emilio Alonso PRESENTACIÓN DE LIBRO “EL
MANIFIESTO DE LAS CLASES MEDIAS”, de ENRIQUE DE DIEGO. Madrid, 21 de junio de 2007 Señoras
y Señores: Hace
pocas fechas, concretamente la semana pasada, tuve el honor de ser invitado, en
calidad en aquella ocasión de súbdito, quiero decir de público, a la
presentación de otro libro. En la mesa presidencial de aquella presentación se
sentaban nada más y nada menos que un ex presidente del Gobierno de España y
dos ex ministros del Interior, uno de los cuales es hoy además el Presidente de
un gran partido político de implantación nacional y aspirante muy cualificado
a ser también Presidente del Gobierno algún día. En la fila 0, reservada a
autoridades, asistían al acto la Presidenta de una importante comunidad autónoma,
el Alcalde de una gran metrópoli, varios ex ministros más y muchas otras
personalidades de las que cada día aparecen en prensa escrita, en la radio y en
los telediarios. Ni que decir tiene, la densidad de guardaespaldas por metro
cuadrado era fabulosa. Faltaban el Rey y la cabra de la Legión para que aquello
pareciese el día de las Fuerzas Armadas. A veces reparamos más en los detalles
sin importancia que en lo sustancial de las cosas; será por eso que a mí me
llamó mucho la atención la forma en que los sucesivos ponentes o presentadores
iniciaban sus breves discursos, nombrando ordenadamente, por jerarquía y
tratamiento, a las autoridades allí presentes; se diría que habían hecho
todos un cursillo acelerado de protocolo para no equivocarse y para saber a
quien había que nombrar primero, a quién después y con qué tratamiento y de
qué manera. Me recordó un poco a la mili, aunque justo es reconocer que en la
mili los mandos, para poner las cosas más fáciles, llevaban galones y
estrellas en la guerrera. Como
han podido escuchar antes, a mí, en esta ocasión, para dirigirme al auditorio
me ha bastado con un convencional “Señoras y Señores”, fórmula
equivalente, pero con bastante más tradición y bastante más hermosa y
apropiada que el horrísono “ciudadanas y ciudadanos” que se gasta ahora, qué
no decir del “jóvenes y jóvenas” que puso de moda la esposa de otro ex
presidente del Gobierno. Pero que yo haya podido ahorrarme el cursillo de
protocolo para dirigirles estas palabras no significa en modo alguno que en esta
presentación haya menos autoridades y menos importantes y egregias que en la
presentación de la pasada semana. Ustedes, nosotros, todos y cada uno de
quienes nos hemos reunido aquí para asistir a esta presentación, somos las
verdaderas autoridades, los verdaderos dirigentes, los auténticos y reales
presidentes del Gobierno. Nosotros somos LAS CLASES MEDIAS. El libro que ahora
mismo tengo el honor de presentarles, EL MANIFIESTO DE LAS CLASES MEDIAS de
Enrique de Diego, es precisamente el toque de corneta que nos llama a despertar
y a asumir ese papel protagonista en la sociedad, papel que parecemos haber
olvidado, del que hemos dimitido para entregárselo a esa casta de seres
pretendidamente superiores que apabullaban la presentación de que antes les he
dado cuenta con su presencia y con sus títulos pomposos de aristócratas de
nuevo cuño y quienes, en realidad, lejos de ser superiores a nadie, demuestran
cada día su egoísmo y su torpeza en la tarea de gobernarnos, tarea por la
cual, por si fuera poco, debemos nosotros, quienes estamos aquí sentados,
pagarles de nuestro bolsillo sus espléndidos salarios. Qué
duda cabe: ya se ha escrito mucho sobre la esencia del pensamiento de izquierda
que subyace a todo estatalismo y, sobre todo, al concepto de Estado del
Bienestar que basa sus pretendidas virtudes en el desmesurado crecimiento de la
casta política y de la burocracia pública que se nutren del expolio de las
clases medias. Se ha escrito mucho, como digo, sobre su condición de estafa
intelectual, de agente destructor de la libertad y la prosperidad de los
hombres, de enemigo acérrimo de los principios éticos sobre los que se
sustenta la civilización occidental (pleonasmo extensamente utilizado para
referirse a la civilización, a secas). Por no agotar su paciencia, recordaré
aquí tan sólo a Popper, a Hayek y a Revel como ejemplos de un nutrido y
brillante elenco de pensadores que han demostrado la inanidad del pensamiento
izquierdista con la profundidad y el rigor necesarios para despejar cualquier
duda intelectual que aún pudiera quedar al respecto, como si eso fuera
necesario después de las múltiples demostraciones materiales del fracaso de
esos modelos de pensamiento tanto a la hora de administrar los dineros como las
libertades. “El Manifiesto”, que se inscribe en la brillante tradición de
esos autores, introduce sin embargo algunas novedades nada desdeñables y
propone el siguiente paso lógico, el que por comodonería, por miedo o por
complejo de inferioridad nunca damos las clases medias, que consiste en avanzar
desde la convicción intelectual hasta la acción positiva. Señores, hay que
hacer algo. A lo
largo de su extensa obra, Karl Marx teorizó la necesidad de construir una
estructura superindividual, el Estado, administrada por una casta todopoderosa
de políticos y funcionarios a quienes se encomendaba desde la tarea de fijar
los precios de las cosas hasta la vigilancia de la libertad de expresión; pero
fue en el Manifiesto Comunista donde encendió la chispa que desencadenó los
grandes procesos revolucionarios occidentales. De estos procesos nació el
socialismo realmente existente, que se dedicó a exterminar físicamente, con
metódica saña, a las clases medias de aquellos países donde encontró
acomodo; y nació también el estatismo, la socialdemocracia que, si bien
respeta nuestras vidas, se sostiene únicamente gracias a la depredación,
igualmente metódica y sañuda, de nuestros bolsillos. De forma bien sintomática,
el MANIFIESTO DE LAS CLASES MEDIAS es, pues, algo así como el reverso del
Manifiesto Comunista, y su fin confeso es la demolición de los falsos
principios en que éste se basa asumiendo para ello un lenguaje igualmente
candente, igualmente revolucionario, porque la movilización propuesta ha de
adquirir necesariamente las dimensiones de una vasta rebelión cívica ejecutada
por la vía de los hechos. Una rebelión cuyo sujeto hemos de ser las clases
medias occidentales y cuya bandera ha de ser el liberalismo. A
Enrique de Diego se le podrán achacar, como a todo el mundo, montones de
defectos, pero no el de contemporizar ni el de responder a otro interés que sus
propias convicciones; a diferencia de muchos profesionales de la comunicación
que se dicen liberales pero que luego no han dudado en multiplicar sus zalemas
al poder a cambio de jugosas licencias de medios y mollares subvenciones en
forma de publicidad institucional, Enrique no vacila en dirigir la lanzada al
ojo de Polifemo: la clase política. La clase política, de derechas y de
izquierdas, ha sido colonizada por ese pensamiento único de la izquierda y se
ha convertido, a través de la ficción del “Estado del Bienestar”, en el
aplastante monopolio de la depredación de las clases medias, injusto y coactivo
intercambio por el cual nosotros ponemos el dinero y ellos no ponen
absolutamente nada salvo sus propios y desmesurados privilegios. No
conviene, por tanto, que nos engañemos: este libro no apela al fulanismo, sino
a la renovación total de las bases del sistema. Me consta que muchos de ustedes
estarán pensando que mis palabras encierran una injusta generalización porque,
verdad es, no todos los políticos son iguales. Claro que no: y si nos dejamos
llevar por la tentación nihilista y táctica de considerar que el mal menor es
el máximo bien posible, tendremos que concluir que nuestra obligación es
defender a capa y espada a aquellos partidos (o, por mejor decir, al único
partido) que defiende más o menos a las clases medias, que al menos habla, tímidamente,
de hacernos la vida un poco más fácil y que, en todo caso, no se mofa de
nosotros mientras nos desvalija. Estoy de acuerdo en que, especialmente en estos
momentos de grave riesgo de destrucción de lo poco bueno que tiene nuestro
sistema de libertades, hay que arrimar el hombro con lo que buenamente podamos.
Pero nuestra obligación es mirar más allá, identificar y desenterrar las raíces
del problema, recuperar nuestro papel protagonista en el liderazgo social y no
limitarnos a entregar nuestras responsabilidades en manos de los políticos con
la sencilla fe del carbonero, esperando que nos sean propicios. La Rebelión
civil que se avecina no ha de llegar de la mano de los políticos, de ningún
político, porque los políticos de hoy no pueden convertirse en la solución de
nada, siendo como son la parte más sustancial del problema. Ante las demandas
que se les formulan para cambiar las reglas de juego, para eliminar las manos
muertas, las sinecuras y las castas especializadas en rascarse la barriga, los
políticos siempre responden aquello de que “ahora no toca” o que “el
asunto no está en la agenda política”. ¿Listas abiertas? “Ahora no
toca”. ¿Ley electoral? “No está en la agenda”. ¿Privatizar las
televisiones públicas? “No toca”. ¿Liberalización de las concesiones de
medios de comunicación? “No toca”. ¿Reducir los impuestos y las
cotizaciones a la Seguridad Social, que desvían más del 50% de los salarios
hacia las insaciables arcas del Estado? “No toca”. ¿Romper con este
peculiar sistema de redistribución de la riqueza por el cual nosotros somos
cada vez más pobres y la familia Bardem cada vez más rica? “No está en la
agenda”. Repasen la acción de gobierno de unos y otros desde hace 30 años y
traten de encontrar un hilo conductor: verán que lo único que no ha estado
nunca en la agenda ha sido aligerar la losa que pesa sobre las clases medias. Lo
que siempre está en la agenda política, eso sí, es dilucidar la forma de
meternos más y mejor la mano en la cartera. No, es obvio que la rebelión no se
puede hacer desde una clase política ya totalmente echada a perder y es
igualmente obvio que ha de llegar de los propios ciudadanos. De nosotros. De
ustedes. Y si nuestra liberación no está en la agenda de los políticos habrá
que meterla a empujones; mejor aún, habrá que arrancarles la agenda de las
manos y escribirla nosotros mismos. Termino.
Jorge Luis Borges recordó en uno de sus textos cierta Saga escandinava escrita
en el tiempo en que la cristianización comenzaba a extenderse entre las
poblaciones vikingas y los diferentes clanes combatían entre sí porque unos
profesaban aún la fe pagana de los dioses del Valhalla mientras que otros se
habían convertido ya a la religión cristiana. En la historia, dos pequeñas
mesnadas de vikingos se topaban la una con la otra, inopinadamente, en medio de
los páramos helados de Islandia. No sabiendo los unos de qué convicciones eran
los otros y viceversa, uno de los caudillos vikingos gritó: - ¿En
qué creéis vosotros? ¿En Odín sacrificado a Odín y en su hijo Tor, que es
dios y es trueno? ¿O acaso creéis en el Cristo blanco? Tras
breve deliberación con sus lugartenientes, el cabecilla del otro clan respondió
con esta frase inolvidable, al mismo tiempo cautelosa y desafiante, pero
representativa en todo caso de una valerosa, y sabia, y magnífica forma de
entender el mundo y el papel del hombre sobre éste. Contestó: -
Creemos en nuestras espadas. Creemos
en nuestras espadas. Liberémonos del pesado lastre de quienes quieren educar a
nuestros hijos por nosotros, decidir qué cine nos ha de gustar, pensar por
nosotros, ahorrar por nosotros, invertir por nosotros, elegir por nosotros y
hasta conducir por nosotros y por si fuera poco tratan de convencernos de que es
por nuestro propio bien mientras esquilman, sin solución de continuidad,
nuestros bolsillos. Salgamos de aquí con la convicción de que nuestro es el
derecho y nuestra la responsabilidad de dirigir nuestras vidas y de decidir qué
hacer con nuestro bien ganado dinero, de que es indigna la aspiración de
quienes quieren vivir a costa de nuestro expolio por mucho que disfracen propósito
tan ruin con vagas apelaciones a principios inexistentes y a falsas
conveniencias comunes y, sobre todo, con la convicción de que sólo nosotros,
las poderosas, las ilustradas, las fabriles Clases Medias, podemos remover y
restaurar de una vez por todas los cimientos de un sistema, la democracia, que
nació con el fin de asegurar nuestras libertades y que, desgraciadamente, ha
degenerado en el sistema que hoy padecemos, cumpliendo con dramática precisión
el destino que vaticinó para él Alexis de Tocqueville: “ha perdurado
hasta que los políticos se han dado cuenta de que podían sobornarnos con
nuestro propio dinero”. Muchas gracias. ---------------------------------------------------------------------------------- LA
CLASE MEDIA EN ESPAÑA La Clase Media en España está condenada a la extinción, si no conseguimos revertir la tendencia, y en este sentido, el libro de Enrique de Diego es un magnífico ariete. El proceso de proletarización de las clases medias lleva ya varias décadas funcionando a pleno destajo. Es un proceso salvaje y aterrador, que está produciendo estragos delante de nuestros propios ojos. Y es que lo vemos, lo intuimos, lo respiramos, la pobreza que creíamos felizmente superada de nuestra Patria, ha reaparecido, y por mucho que pretendan esconderla, va cada vez a más. El sistema social está a punto de quebrar, y no pararán hasta sumirnos a todos en la humillante casta de los parias de este sistema. Buscan nuestra hambre, pero no les vamos a dejar. Como mulos trabajamos, ansiosos por las dificultades, expoliados por un sistema tributario y fiscal absolutamente confiscatorio. Nuestras rentas son traspasadas, en una buena parte, a minorías delincuenciales, a deshechos de la Sociedad, para alimentar el Monstruo que está devorando el Alma de nuestro Pueblo. La Clase dirigente dispone de varios instrumentos para el despojo al que nos somete: un sistema tributario aterrador, al que los propios inspectores de hacienda llaman “el monstruo”, y una clase cultural, monopoliza por la Izquierda más cutre y friki, que nos vomita su odio y vicio en cada ocasión que tiene. Y así estamos, asustados, encerrados en nuestras casas, el segmento más productivo, dinámico y numeroso de la Sociedad; la Clase Media, inmóvil, incapaz de reaccionar ante este oprobioso y criminal proceso. Mientras tanto, las oligarquías financieras han triplicado sus inmorales patrimonios durante los tres años de desgobierno ZP, mientras disfrutas de privilegios fiscales que les permiten tributar sólo el 1% de sus beneficios. El proceso es dramático, porque apunta de lleno a la línea de flotación de la Justicia Social, y la Paz Social se puede quebrar. Quieren traer de nuevo el hambre y la desesperación, y no podemos permitirlo. A mí me desagrada enormemente, me subleva cada vez más, que con nuestros impuestos, con el fruto de nuestro esfuerzo y sacrificio, paguemos las cremitas faciales a Pepiño Blanco, los viajes musicales a Sonsoles, los escaños de ANV, los despropósitos de Garzón, los cientos de miles de criminales abortos que se cometen, y los porros de tanto cantante decrépito, por poner sólo unos ejemplos. Nuestro horizonte existencial está escrito con leyes de esclavitud: hipotecas eternas, ausencia de hijos, jornadas laborales de 14 horas, pensiones y salarios de miseria, precariedad laboral, productos básicos convertidos en de lujo, inseguridad jurídica, violencia callejera, justicia bizcochable, monopolios informativos, educación a la ciudadanía, privilegios feudales de los nuevos estamentos o castas dirigentes,…, infelicidad y quiebra social, y todo ello lo sufrimos principalmente las Clases Medias, que somos la mayoría de nuestro Pueblo. Creo que nos merecemos más, y tenemos que exigirlo. Hay que movilizarse, regenerar al Estado, invertir la decadencia. Porque si no lo hacemos; continuarán meándonos encima, y acabarán llevándonos al matadero social. Hay que pasar a la primera línea, ocupar los puestos que otros ensucian, y empezar a purgar a los responsables de esta infamia. Por eso estoy hoy aquí, con mi Amigo Enrique, con todos Ustedes, porque España es Nación de Frontera, forjada con espíritus indómitos, que han superado y superarán las peores avalanchas. Y porque hay que tener valor, me pongo en la línea de salida que este valiente libro significa, pues hay quien se quedará sólo con las palabras; yo también me quedo con ellas, pero sobre todo con algo mucho más importante, me quedo con la Libertad y con el Futuro para nuestra Patria, que en él se respira, y con una Clase Media, fuerte, orgullosa y patriótica capaz de sustentarlas. Muchas Gracias, Enrique, por convertirte en estos momentos de mentiras y tribulaciones, de opresión y vasallaje, en un Adalid de la Patria, y evidenciar con tu magnífico libro el proceso destructivo al que vamos, entre otros, a vencer. Aur, Aur, Desperta Ferro! Guillermo Roca fort
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